He intentado que no me duela, me he repetido mil veces que cada uno gestiona el dolor de los demás como puede, pero sus silencios me desgarran. No los entiendo. ¿Cómo se puede pasar de la conexión total a la mudez absoluta cuando más falta hace una mano?
Ese silencio me genera un miedo nuevo cada mañana: el miedo a que no haya marcha atrás.
• Miedo a que la muerte no solo se llevara a mi marido, sino que también estuviera rompiendo los puentes con los vivos.
• Miedo a que ese vacío que dejó él se esté ensanchando con la indiferencia de los que se quedaron.
Extrañar el amor y el deseo de quien se fue con las estrellas ya es suficiente carga. Sumarle el peso de una amistad que se desvanece en la mudez es sentir que el suelo se sigue abriendo bajo mis pies. Sigo sin entender por qué algunos huyen cuando el dolor se hace presente, pero he aprendido que el silencio de los otros también es una forma de despedida, aunque no la hayamos elegido nosotros.
Sigo escuchando a Céspedes, buscando en sus letras el consuelo que el mundo real hoy me niega. Porque a veces, la música es la única «amiga» que no se asusta de nuestra tristeza y se queda a dormir con nosotros, noche tras noche de insomnio














