Una idea que me ronda el alma
Hace tiempo que siento que necesitamos un espacio donde la gente pueda hablar sin miedo. Un lugar donde escribir lo que duele, lo que indigna, lo que nadie escucha. Donde las vidas anónimas tengan un eco y las verdades que se silencian encuentren salida.
Veo historias que se repiten: listas de espera que desesperan, pacientes que buscan fuera lo que aquí se les niega, profesionales agotados, familias que se desmoronan mientras la administración mira hacia otro lado. Y mientras tanto, quienes deberían cuidarnos parecen ocuparse de todo menos de nosotros.
También pienso en los jóvenes que no encuentran su sitio, en quienes viven atrapados por la ansiedad y la depresión, en las enfermedades que avanzan sin preguntar edades. Todo se enreda, y el sentimiento de abandono crece.
Ayudamos a otros países, y eso es noble. Pero ¿quién ayuda a quienes estamos aquí cuando lo necesitamos? ¿Quién sostiene a quienes la vida ya ha golpeado demasiado?
Lo digo desde mi propia herida: he perdido a toda mi familia, y la enfermedad se llevó también a mi marido. La seguridad social intenta hacer lo que puede, pero la realidad es que muchos quedamos en una orfandad silenciosa, emocional y material.
No hablo desde ideologías ni partidos. Hablo desde la desconfianza que dejan los últimos acontecimientos, desde la certeza de que la gente buena no debería sentir que aquí no hay espacio para ella.
Solo soy parte de una tribu valiente que sigue adelante como puede. Quizá compartir todo esto sirva de refugio para quien lo lea y se reconozca en estas líneas.
De una tribu valiente.
2. Versión más periodística y clara
La necesidad urgente de un espacio donde ser escuchados
En los últimos meses he tenido una idea que me ronda la cabeza: crear un espacio digital donde cualquier persona pueda expresar aquello que no encuentra sitio en los medios tradicionales. Un lugar seguro para denunciar injusticias, contar experiencias reales o simplemente desahogarse.
La situación actual deja muchas grietas: listas de espera que se alargan, pacientes que deben buscar tratamientos en el extranjero, profesionales desbordados y decisiones políticas que no siempre priorizan a los ciudadanos. A todo esto se suma el aumento de problemas de salud mental, la precariedad, y enfermedades que ya no distinguen edades.
España tiende la mano a otros países, y eso es positivo. Pero la pregunta inevitable es: ¿quién sostiene a quienes estamos aquí cuando nos vemos superados? ¿Dónde queda la protección a la ciudadanía?
Lo digo desde mi propia vivencia. He perdido a mi familia, y recientemente a mi marido por enfermedad. La seguridad social hace todo lo que puede, pero la realidad es que muchas personas quedan solas ante situaciones durísimas.
No escribo desde ninguna ideología. Escribo desde la preocupación y la desconfianza que han dejado los últimos acontecimientos, y desde el deseo de que la gente buena no tenga que marcharse para sentirse cuidada.
Ojalá este texto abra una conversación necesaria. Ojalá podamos construir una comunidad valiente que se acompañe

Deja un comentario