Se sientan juntos frente al muro de piedra, como si el día no les pidiera nada más. El mayor respira despacio; en su mirada hay un cansancio antiguo, de esos que no duelen, solo pesan. El joven, a su lado, lo observa con una paciencia que no se aprende: se siente.

—Hoy no tengo fuerzas para correr —murmura el mayor, sin tristeza.
El joven inclina la cabeza, acercándose un poco.
—No hace falta correr. Yo me quedo donde tú estés.
El sol calienta las piedras y también sus cuerpos. No hay prisa, no hay ruido. Solo ese silencio que a veces parece un abrazo.
—Antes perseguía sombras —dice el mayor—. Ahora me basta con mirar contigo.
—El silencio contigo suena a hogar —responde el joven, casi en un susurro.
El mayor apoya la cabeza, buscando un descanso que no es solo físico. El joven cierra los ojos un instante, como si quisiera guardar ese momento para siempre.
—Qué suerte tengo de que me acompañes en mis días lentos —dice el mayor.
—Y yo de que me enseñes a mirar despacio —contesta el joven.
Y así se quedan, quietos, compartiendo un trocito de luz. Dos perros al sol, dos vidas que se entienden sin palabras, dos almas que se acompañan incluso cuando el cuerpo empieza a ir más despacio
Los animales lo saben mejor que nosotros. Ellos no cuentan los días que quedan, sino los instantes que se comparten. No temen la fragilidad; la abrazan. Y en esa forma tan simple de acompañar, nos recuerdan que el amor verdadero no necesita movimiento, solo presencia.
Quizá por eso estos dos perros, sentados al sol, dicen más en su silencio que cualquier historia larga. Nos enseñan que la compañía es un refugio, que la calma también es un lenguaje, y que incluso cuando la vida se vuelve más lenta, sigue habiendo luz en lo que permanece.
Son los perros de luna

Deja un comentario