
Tenía solo doce años, pero caminaba como quien por fin decide no tener miedo. A su lado, sus amigas —igual de pequeñas, igual de enormes— avanzaban con la misma determinación. No iban a pedir permiso. Iban a nombrar lo que otros habían querido esconder.
Entraron juntas, hombro con hombro, como si cada una sostuviera un pedazo del valor de la otra. No temblaban: ya no eran víctimas, eran testigos. Y la verdad que llevaban dentro pesaba más que cualquier silencio impuesto.
Cuando hablaron, la sala se quedó quieta. No hacía falta elevar la voz.
La verdad, cuando por fin se dice, suena como un golpe seco en la mesa.
Contaron lo ocurrido con la claridad de quien sabe que lo vivido no fue culpa suya.
Contaron lo que ya estaba probado, lo que por fin alguien había decidido escuchar.
Y mientras lo hacían, algo cambió en el aire:
la vergüenza dejó de ser suya y volvió a manos de quien correspondía.
Aquel día, tres niñas de doce años demostraron algo que muchos adultos olvidan:
que la justicia empieza cuando alguien, aunque sea pequeña, se atreve a decir “basta
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