La encontré doblada dentro de una libreta barata, de esas que se venden en cualquier bazar. Papel fino, tinta azul, letra apretada. No había nombre, ni firma, ni intención de que alguien más lo leyera. Solo un desahogo escrito el primer día del año.
Decía que el gobierno favorece a unos y abandona a otros. Que la violencia crece. Que la sanidad se recorta. Que nadie sabe gobernar. Que nadie querrá invertir aquí. Era un texto lleno de cansancio, de rabia, de miedo. Un texto que no buscaba convencer, solo expulsar lo que pesaba.
No sé quién lo escribió. Podría ser cualquiera: un jubilado que ve las noticias con el volumen demasiado alto, una mujer que ha perdido el trabajo, un joven que siente que no encaja en ningún sitio. O quizá alguien que simplemente necesitaba poner en palabras lo que le duele del país en el que vive.
Lo que sí sé es que esta página existe. Que alguien la escribió. Que forma parte del clima que respiramos. Y que, aunque no comparta su mirada, entiendo la necesidad de escribirla.
A veces la realidad no es un gran acontecimiento. A veces es solo esto: una hoja arrancada, una letra temblorosa, un pensamiento que no sabe dónde ir.

Deja un comentario