

La que revisa lo que otros no miran
Diana empezó revisando rieles. No era un trabajo oficial ni un encargo de nadie. Era simplemente algo que hacía porque sabía que, si ella no miraba, nadie lo haría. Caminaba al amanecer junto a las vías, tocaba el metal frío, escuchaba el crujido que otros confundían con silencio. Los rieles le hablaban. Le contaban dónde dolía, dónde una unión estaba cansada, dónde el tiempo había dejado una grieta que nadie quería ver.
Una mañana, mientras revisaba el estado de los rieles, sintió una vibración distinta. No era el paso de un tren, sino dos. Venían en direcciones opuestas, confiados, ciegos, seguros de que el camino se corregiría solo. Diana levantó la mano, gritó, señaló el peligro. Pero los trenes no escuchan a quienes revisan. Ellos solo avanzan.
Los rieles, en cambio, sí la escuchaban. Se tensaron, intentaron frenar lo inevitable, quisieron hacer bien su trabajo. Pero no siempre basta con querer. El choque fue inevitable, no por falta de señales, sino por exceso de indiferencia. Diana lloró por los pasajeros, por los rieles que habían hecho todo lo posible, por los gobiernos que nunca llegan a tiempo.
Con los aviones fue distinto, pero igual.
Años después, Diana empezó a revisar rutas aéreas. No desde una torre de control, sino desde esa intuición que se afina cuando una ha visto demasiados choques evitables. Observaba mapas de vuelo, trayectorias, informes que otros firmaban sin leer. El cielo también tiene rieles invisibles, líneas que se cruzan, puntos donde el aire se estrecha sin que nadie lo admita.
Una tarde, mientras revisaba documentos, sintió el mismo temblor que conocía de la tierra. Dos aviones venían en rutas que no debían tocarse. Ella avisó, insistió, marcó el error con la misma claridad con la que antes había señalado una grieta en el metal. Pero los aviones, como los trenes, confían demasiado en su velocidad. Y los gobiernos, como siempre, estaban ocupados en sus propias turbulencias.
El choque no ocurrió. No porque la escucharan, sino porque el cielo, cansado, abrió un hueco improbable, un respiro que nadie vio. Diana lo sintió como un milagro triste: incluso cuando todo se salva, algo se quiebra por dentro.
Desde entonces, sigue revisando. Rieles, rutas, señales, silencios. No porque espere reconocimiento, ni porque crea que la escucharán. Lo hace porque alguien tiene que mirar lo que los demás pasan por alto. Alguien tiene que ver venir el temblor antes de que sea ruido.
Ella revisa. Y el mundo, aunque no lo admita, respira gracias a eso.

Deja un comentario