
Las lágrimas siguen saliendo de mis ojos, pero hoy caen más lento. Son lágrimas de aceptación, de quien comprende que la soledad no es un castigo, sino el precio de haber tenido un amor que valía toda la alegría del mundo. Escucho de nuevo a Francisco Céspedes, y su voz me confirma que el deseo no muere, solo se vuelve contemplativo.
Miro a las estrellas y hoy no les pido que me devuelvan lo perdido; solo les pido que me enseñen a caminar con este vacío, a habitar mi soledad sin miedo, sabiendo que en cada rincón de mi casa y de mi piel, sigue viviendo el eco de lo que fuimos.
Un refugio para hoy
Esa soledad que sientes hoy es el espacio que el amor ha dejado libre. No intentes echarla a patadas; a veces, hay que dejar que se siente con nosotros, ofrecerle un café y dejar que nos hable de los recuerdos bellos, para que deje de darnos miedo.

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