Hay un instante, justo en el filo del amanecer, en el que el mundo todavía es perfecto. Es ese segundo antes de abrir los ojos, donde la memoria aún te siente cerca, donde el deseo no es nostalgia y el amor no es un nudo en la garganta. Pero entonces, llega el despertar.
Despertar es, a veces, volver a perderte. Es estirar la mano hacia el lado frío de la cama y comprender que tu luz ahora habita entre las estrellas.
Las lágrimas salen de mis ojos no porque quiera llorar, sino porque el alma necesita desbordarse. Son el tributo a lo que fuimos, el eco de los besos que se quedaron suspendidos y el rastro de un deseo que ya no tiene piel donde aterrizar, pero que sigue latiendo con la misma fuerza de siempre.
Extraño el amor que nos dábamos, ese que nos hacía invencibles. Extraño el deseo que nos encendía, esa forma tan nuestra de decirnos «aquí estoy». Hoy, ese deseo se ha vuelto sagrado; es una oración silenciosa que le envío al cielo cada mañana.
Dicen que se aprende a vivir con el vacío, pero nadie te explica que el vacío tiene tu nombre, tu olor y tu forma de mirar. Mientras tanto, dejo que mis ojos hablen lo que mi voz calla, porque cada lágrima es un «te quiero» que viaja hacia lo alto, buscando tu brillo entre la inmensidad
Luna















