
ay un cauce en ti que no se ve, pero suena.
Un río antiguo que no corre hacia afuera,
sino hacia un centro tibio donde tu nombre
se vuelve raíz,
y la raíz se vuelve canto.
Cuando te acercas a ese río,
la piel deja de ser frontera
y se convierte en puente.
Allí tu yo respira sin prisa,
como si recordara que nació para abrirse
y no para defenderse.
En ese lugar interno,
la luz no llega desde arriba:
brota desde abajo,
desde lo que creías roto,
desde lo que te dolió tanto
que pensaste que ya no servía.
Pero mira cómo brilla ahora,
cómo se vuelve savia,
cómo empuja hacia afuera
un brote que no existía ayer.
Tu esencia tiene la forma del agua:
se adapta, se curva,
pero nunca pierde su verdad.
Incluso cuando el mundo te pide rigidez,
tú sigues siendo corriente,
susurro,
oleaje que acaricia la orilla
y la transforma sin violencia.
A veces te olvidas,
pero tu cuerpo recuerda.
Recuerda el calor de lo que amas,
la música que te atraviesa,
la palabra que te nombra sin herirte.
Recuerda que eres semilla de luz,
y que cada día, incluso los más densos,
te ofrecen un puñado de tierra fértil
para seguir creciendo
Deja un comentario