
Si me hubieras dicho hace diez años que terminaríamos aquí, discutiendo sobre cómo arreglar el mundo un martes por la tarde, me habría reído en tu cara —dijo Laura, dándole un pequeño empujón con el hombro.
Mateo sonrió, acomodándose la chaqueta desgastada.
—Hace diez años ni siquiera sabías cambiar la rueda de una bicicleta, Laura. Y yo era un desastre sin remedio. Supongo que sobrevivirnos el uno al otro nos ha dado cierta perspectiva.
Laura soltó una carcajada suave, de esas que solo compartes con quien conoce todas tus historias, las buenas y las que prefieres no contarle a nadie más. Miró a Mateo de reojo: las arrugas al lado de sus ojos parecían un mapa de todas las tardes compartidas, de los cafés improvisados a deshoras, de los silencios que no necesitaban ser llenados con palabras vacías.
—Gracias por no desaparecer cuando todo se complicó el año pasado —murmuró ella, mirando de nuevo al agua.
Mateo se giró hacia ella, con esa expresión sincera y tranquila que siempre lograba calmarla.
—Las personas importantes no se van, Laura. No importa a dónde nos lleve la vida o lo lejos que parezcamos estar, este espacio de aquí siempre es nuestro.
Un remolino de aire fresco cruzó la costa, pero Laura no sintió frío. Le dio un sorbo al café frío, sonrió para sus adentros y se limitó a contemplar la atardecida junto al único amigo que siempre sabía estar exactamente cuando hacía falta
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