✨ Ella ya está con las estrellas
Hay noches en las que miro el cielo y siento que no estoy mirando hacia arriba, sino hacia dentro.
Como si las estrellas fueran pequeñas ventanas a un lugar donde todavía existe lo que creí perdido.
Mi madre está allí. No sé en qué punto exacto del firmamento, pero sé que está.
No como un recuerdo, sino como una presencia que ya no necesita cuerpo para seguir siendo luz.
A veces pienso que ella y yo somos una especie en peligro de extinción:
las mujeres que hablan bajito, que guardan las fotos en cajas de zapatos,
que saben reconocer el olor del verano antes de que llegue,
que entienden que la ternura es una forma de inteligencia.
Una especie rara, frágil, casi secreta, que el mundo moderno no sabe nombrar.
Cuando ella se fue, creí que me quedaba sola en esa especie.
Pero con el tiempo descubrí que no:
que cada gesto mío que se parece al suyo es una forma de supervivencia,
que cada palabra que elijo con cuidado es una semilla que ella plantó,
que cada vez que miro el Mediterráneo con esa mezcla de nostalgia y gratitud,
ella mira conmigo.
No está aquí para tocarme la mano,
pero está en la forma en que sostengo las cosas que amo.
No está para abrir la ventana por la mañana,
pero está en la manera en que dejo entrar la luz.
No está para decirme “no pasa nada”,
pero está en la calma que me llega cuando respiro hondo.
Ella ya está con las estrellas.
Y yo sigo aquí, caminando bajo ellas,
aprendiendo a vivir con la certeza de que el amor no desaparece:
solo cambia de domicilio.
Y mientras yo siga recordando, escribiendo,
mientras siga hablando con ella en silencio,
mientras siga siendo la mujer que ella me enseñó a ser,
nuestra especie —esa tan delicada, tan antigua, tan luminosa—
no se extinguirá



















