Historias

Es una tarde dorada en el Passeig de la Ribera de Sitges. El sol se está poniendo y tiñe el mar de tonos rosados y naranjas.

De pronto, un leve crujido metálico rompe el silencio. Santiago Rusiñol gira lentamente la cabeza, se quita el sombrero con gesto teatral y suelta una carcajada profunda y ronca:

Ramon, amigo mío… ¿cuánto tiempo llevamos aquí parados?

Ramon Casas, aún con el dedo índice levantado en pleno gesto, parpadea, sonríe con picardía y responde sin dejar de señalar el horizonte:

Demasiado, Santiago. Mira ese cielo… ese azul tan insolente. Tenemos que pintarlo antes de que se escape.

Rusiñol extiende su paleta (ahora llena de colores vibrantes que brillan como recién salidos del tubo) y le pasa un pincel a Casas. Ambos bajan de su pedestal con pasos pesados pero llenos de energía. La gente que pasea por el paseo se detiene, algunos sonríen, otros sacan el móvil, pero nadie se asusta: es como si siempre hubieran sabido que algún día los dos modernistas volverían a la vida.

Rusiñol se acerca al caballete, moja el pincel y, con trazos rápidos y seguros, empieza a capturar el momento: el mar, las velas blancas a lo lejos, las palmeras mecidas por la brisa y las luces que comienzan a encenderse en la ciudad.

Casas, a su lado, observa, corrige un detalle con el pulgar y murmura:

Más luz, Santiago… más vida. Que se note que estamos en Sitges, carai!

E Y allí se quedan los dos, pintando juntos otra vez, riendo, discutiendo amistosamente, exactamente como lo hacían hace más de cien años

Lunasitges

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