Meses así

El cansancio que muerde

Hay un tipo de cansancio que no se nota en la cara, pero sí en la forma en que uno respira.
No es el cansancio de dormir poco ni de hacer demasiado.
Es otro:
el que muerde por dentro.

Ese cansancio no pide permiso.
Aparece como un animal silencioso que se instala en el pecho y empieza a arañar desde dentro.
No destruye, pero desgasta.
No grita, pero empuja.

Y aun así, seguimos.
No por heroísmo.
No por optimismo.
Sino por esa fuerza terca que surge cuando ya no queda nada más que avanzar un paso más, aunque sea pequeño, aunque sea torpe.

El cansancio feroz no es un enemigo:
es un recordatorio.
Una señal de que hemos sostenido demasiado, demasiado tiempo.
Y que quizá ha llegado el momento de soltar algo, aunque sea un milímetro

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