El hilo de la lealtad

El mundo afuera crujía y se sentía hostil. Yo transitaba el desierto gris de la ausencia de mi marido, y el entorno, en lugar de cobijo, a veces ofrecía maltrato en una red que debía ser segura. Pero entonces apareció él, con su acento de Marbella y su propia tormenta a cuestas.

Nos reconocimos en la herida, pero decidimos no quedarnos a vivir en el lamento. Nos convertimos en un pacto silencioso de resistencia. Y lo más hermoso es que, en mitad de aquel temporal, aprendimos a reírnos. Construimos una complicidad única, de miradas que entendían todo sin decir nada y de risas compartidas en los momentos más inesperados. Esas risas eran nuestro escudo, la prueba de que, mientras estuviéramos apoyándonos, la oscuridad no ganaría la partida.

Luego, llegó el silencio. Una tercera persona se interpuso, sembrando una distancia que nunca debió existir y congelando nuestras charlas por un tiempo. La complicidad pareció quedar suspendida en el aire, atrapada en un malentendido ajeno. Sin embargo, la lealtad verdadera no entiende de ausencias ni de ruidos externos; es un hilo invisible que permanece intacto, esperando su momento.

Y el momento llegó. Al retomar el contacto, de nuevo en un momento difícil donde los afectos hacen tanta falta, miré atrás y lo tuve claro. Le dije que el pasado es pasado, y que allí se queda. No hay espacio en el presente para lo que un día nos restó.

Hoy, el contacto ha vuelto, enriquecido también por la presencia de otras amigas que suman y sostienen. He elegido perdonar y honrar esa lealtad que sobrevivió a la tormenta, pero esta vez camino con precaución. Es una distancia sana, un paso a paso tranquilo que me permite disfrutar de la complicidad recuperada sin descuidar mi propia paz. El pasado ya no pesa, se quedó atrás, y el presente se escribe despacio, con la sabiduría de quien sabe valorar a los amigos de verdad y, sobre todo, sabe cuidar de sí misma.

Dedicado a la gente leal y observadora

Luna Sitges 4 de junio del 2026

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