Duelo

La marea lenta del recuerdo

El dolor tiene su propio invierno, un letargo que no mide los años ni consulta los calendarios. A veces, cuando la tormenta parece haber quedado atrás y los días transcurren en una calma mansa, el corazón se estremece con un eco antiguo. Es la marea lenta de una ausencia que regresa, no con el ruido del primer derrumbe, sino con la persistencia del agua que busca su cauce.

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero el tiempo solo cobija. En los primeros días, el alma se repliega, levanta muros invisibles para protegernos del frío y nos permite seguir caminando, sosteniendo el peso del mundo sobre los hombros. Es solo mucho después, cuando el silencio se ensancha y la vida parece dar tregua, cuando la herida se atreve, por fin, a abrir los ojos.

Sentir el vacío hoy no es desandar lo vivido. Es la sabiduría del cuerpo, que solo nos permite llorar aquello que ya tenemos la fuerza de sostener.

El duelo tardío es como el crujido de la madera en una casa que se asienta, o como ese oleaje que, en la quietud de la tarde, devuelve a la orilla los restos de un naufragio que creíamos lejano. No hay prisa en este otoño rezagado. Sentir la ausencia en la madurez del tiempo es recordar que el hilo que nos une a lo que amamos sigue tenso, invisible y eterno, latiendo despacio bajo la piel.

Lulnasitges

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