Sientes cómo esa pesadez se acomoda en tu pecho sin pedir permiso. Te detienes a mirar a tu alrededor y ahí está la naturaleza: los árboles envueltos en una niebla silenciosa, las hojas húmedas, el bosque respirando despacio, ajeno a tu prisa.
Por un momento dejas de luchar contra lo que sientes. Te permites simplemente estar ahí, en ese rincón de madera y sombra, sintiendo cómo el frío del aire te limpia la cara. Entiendes que la tristeza también es un refugio, un lugar necesario para parar, soltar el peso que llevas cargando y recuperar el aliento a tu propio ritmo



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