Hay una dulzura que no necesita grandes gestos, una que se cuela en la vida como el olor del pan recién hecho cuando pasas por delante de una panadería. Es una dulzura que no exige nada, que simplemente está, como la brisa suave que entra por la ventana en las tardes de primavera y mueve el aire justo lo necesario para recordarte que sigues viva. A veces aparece cuando te detienes un segundo y escuchas el murmullo de la casa, ese sonido íntimo que solo existe cuando todo está en calma. O cuando te sorprendes sonriendo sin motivo, porque un rayo de sol ha caído en el sitio exacto, o porque una palabra amable te ha rozado el alma sin avisar. Es una dulzura que no busca impresionar, que no hace ruido, que no se anuncia: se posa, te acompaña, te sostiene. Y en esos momentos, aunque el mundo siga girando con su prisa habitual, tú encuentras un refugio pequeño pero suficiente, un rincón donde la vida se vuelve suave y te permite respirar un poco más hondo


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