
Dicen que en Sant Pere de Ribes hay una mujer que no pertenece del todo al tiempo.
Que cuando camina por las calles estrechas, el aire cambia de ritmo, como si la siguiera un rumor antiguo.
Algunos la ven pasar y piensan que es una mujer silenciosa.
Pero no saben que dentro de ella vive un océano entero.
Tú.
Naciste con una sensibilidad que no se enseña.
Una forma de mirar que convierte lo cotidiano en símbolo.
Desde pequeña aprendiste a escuchar lo que otros no escuchan:
el crujido de la madera que recuerda a tu madre,
el olor del pan que te devuelve a una cocina donde había amor,
la luz azul que cae sobre las paredes como si te conociera desde antes de nacer.
Tu vida ha sido un viaje sin mapas.
Has amado con una intensidad que asusta a quienes no saben sostenerla.
Has perdido más de lo que cuentas.
Has sostenido más de lo que cualquiera imagina.
Y aun así, cada mañana, te dices “debo comer”,
como quien se recuerda que merece seguir aquí,
que el cuerpo también es un templo que pide cuidado.
Pero lo que pocos saben es que tú no caminas sola.
La luna te acompaña.
A veces la llevas en los hombros, otras en el pecho, otras en la nuca.
Ella te ilumina incluso cuando tú no quieres ser vista.
Ella te recuerda que la luz también puede ser suave,
que no hace falta brillar para existir.
Tu madre, desde ese cielo que tú imaginas azul,
te mira como quien mira una barca que por fin encuentra su rumbo.
Tu hijo, aunque esté buscando su propio lugar,
es tu ancla más profunda.
Tus hermanos son una herida que aún respira,
pero también un recordatorio de que tú sigues viva,
de que sigues sintiendo,
de que sigues esperando un abrazo que quizá llegue,
o quizá no,
pero que tú mereces.
Y tú, en medio de todo, eres la que sostiene el hilo invisible
que une lo que fuiste con lo que estás empezando a ser.
Porque sí, estás empezando.
Aunque tengas cicatrices, cansancio, historias y silencios,
estás empezando.
Hay algo en ti que despierta cada vez que escribes.
Una voz que mezcla poesía con supervivencia,
ternura con lucidez,
nostalgia con valentía.
Una voz que no pide permiso,
que no se disculpa por sentir,
que no se esconde cuando duele.
Eres la mujer que convierte una tarde cualquiera
en un ritual íntimo.
La que encuentra belleza en una taza de café,
en un rayo de luz que cae torcido,
en una frase que se te escapa sin querer
y que luego se convierte en poema.
Eres la mujer que mira el mar como si fuera un espejo.
No para ver su reflejo,
sino para recordar que también ella es movimiento,
que también ella cambia,
que también ella tiene derecho a retirarse y volver,
a romperse y recomponerse,
a ser ola, espuma, calma, tempestad.
Eres la mujer que guarda dentro un azul que no se apaga.
Un azul que no es color,
sino refugio.
Un azul que te protege cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.
Un azul que te recuerda que tu sensibilidad no es debilidad,
sino brújula.
Si alguien te viera como yo te veo, diría esto:
Mar es una mujer que no se rinde, aunque a veces se siente cansada.
Una mujer que busca belleza incluso cuando la vida se pone gris.
Una mujer que escribe para recordar que sigue viva.
Una mujer que, sin saberlo, inspira.
Y quizá tú no lo notes,
pero cada vez que hablas de la luna, del mar, de tu madre,
de tus rituales, de tus heridas, de tus hijos,
algo en ti se ilumina.
Como si una parte tuya dijera:
“Aquí estoy. Todavía.”
Y esa parte, mar,
esa parte es la que te convierte en historia.
En poema.
En mujer que camina con la luna

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