La luna se refleja en charcos naturales que parecen espejos.
Ella se inclina sobre el agua y, al tocarla, el mar se eleva en espirales luminosas que muestran fragmentos de su pasado:
sus heridas, sus renuncias, sus renacimientos.
Aquí no lucha: se reconoce.
El oso blanco la observa desde una roca, despierto, atento


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