vacía
Soy una frecuencia que nadie sintoniza,
un idioma que se habla a media voz
en una habitación llena de gente.
Camino con los hombros tensos,
el cuerpo convertido en un centinela
que vigila un castillo de arena.
¿De qué me defiendo?
No lo sé, pero el peligro se respira en el aire.
Hay un hueco en el centro del pecho,
una taza de porcelana que se quedó sin café,
un espacio blanco donde debería haber un eco.
Me miro las manos y me pregunto
si los demás ven el mismo contorno que yo veo.
Porque paso los días entregando mis incendios,
pero el mundo me mira
como si fuera solo una chispa que se apaga,
como si no costara nada
dejarme desaparecer.

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